jueves, 8 de diciembre de 2011

Síndrome de las piernas inquietas

Síndrome de las piernas inquietas
Algunos trastornos del sueño pueden tener consecuencias negativas para la salud. Este es el caso del denominado trastorno del movimiento periódico de las extremidades o síndrome de las piernas inquietas, entidades poco conocidas e infradiagnosticadas. Más de cuatro millones de personas las padecen en España, aunque la incidencia es, con probabilidad, mayor a la registrada. Muchas personas no consultan porque creen que no se las tomará en serio o porque asocian los síntomas a problemas de ansiedad. Es un trastorno neurológico caracterizado por una sensación de desagradable malestar en las extremidades inferiores al permanecer sentado o tumbado.

¿Quién podría pensar que la necesidad de mover de manera continua las piernas fuera en realidad una enfermedad? Pues así es: es el síndrome de las piernas inquietas (SPI). El malestar resulta difícil de precisar: hormigueo, ardor, sensación de que algo trepa por ellas y un irresistible impulso de moverlas, que calma un poco esta sensación, aunque solo por un tiempo breve. Dado que los síntomas surgen en reposo o al acostarse, la mayoría de las personas que padecen el trastorno tienen dificultades para conciliar y mantener el sueño. Esto conlleva agotamiento y fatiga durante el día, con consecuencias negativas en la actividad laboral y en la vida cotidiana.

Síndrome de las piernas inquietas

Las molestias empeoran por la noche y mejoran hacia la madrugada, lo que permite un sueño de mejor calidad. Además del descanso nocturno, ver un espectáculo o los viajes prolongados son otras situaciones que provocan los síntomas. El trastorno es más frecuente en mujeres (60% del total) y en la edad adulta, aunque algunos estudios sugieren que también puede darse en niños. Los síntomas son oscilantes: se alternan periodos de relativa calma con otros sintomáticos. Con el paso del tiempo, las molestias a menudo aumentan.

Aunque todavía se desconoce el origen exacto del trastorno, algunas investigaciones sugieren un componente genético que altera la transmisión del hierro que llega al cerebro. Esto justificaría que el síndrome se desarrolle con frecuencia en mujeres embarazadas con anemia. Casi en la mitad de los casos, hay más personas afectadas en la familia, lo que sugiere este componente genético. Las personas con la forma hereditaria son, en general, más jóvenes cuando los síntomas comienzan y experimentan una progresión más lenta de la enfermedad.

Determinadas enfermedades crónicas, como la diabetes, el Parkinson o la insuficiencia renal, pueden asociarse al síndrome. Algunos medicamentos, como los utilizados para tratar las náuseas o contra los catarros y las alergias, pueden provocar o agravar los síntomas. Otros implicados son algunos anticonvulsionantes y antipsicóticos. También se sabe que, además de los fármacos, la cafeína, el tabaco y el alcohol pueden empeorar los síntomas.

Consecuencias sobre la salud

El SPI es algo más que un problema incómodo. El trastorno provoca alteraciones del sueño y cansancio acumulado, con el consiguiente deterioro de la calidad de vida. Las personas afectadas muestran deterioro físico y psicológico progresivo, y son más propensas a padecer enfermedades cardiovasculares, digestivas e inmunitarias. Del mismo modo, manifiestan irritabilidad y tienen mayor riesgo de padecer problemas de ansiedad y depresión. Todo ello afecta también a su rendimiento laboral y a sus relaciones sociales e íntimas.

Los afectados tienen más del doble de probabilidades de desarrollar una cardiopatía y el riesgo de hipertensión arterial se multiplica por 2,5 respecto a la población general, según un estudio hecho público en la XX Reunión Anual de la Sociedad Española del Sueño.

Diagnóstico y tratamiento

Hoy en día, todavía no hay disponible una prueba diagnóstica y se recurre a la clínica del paciente. Hay cuatro puntos básicos que ponen sobre la pista: deseo de mover las extremidades, a menudo, asociado con parestesias (sensación anormal o de la sensibilidad general que se traduce en una sensación de hormigueo, adormecimiento, acorchamiento, etc.) o disestesias (sensaciones anormales desagradables); síntomas que empeoran o solo se registran durante el reposo o que se alivian temporalmente con la actividad; inquietud motriz; y empeoramiento nocturno de los síntomas.

En cuanto al tratamiento, si el problema está provocado por una enfermedad (como la diabetes o la anemia), los síntomas mejoran al corregir esta. Para los casos con síntomas poco importantes, se recomiendan ajustes en el estilo de vida, con una buena higiene en los hábitos de descanso y la supresión de alcohol, tabaco y bebidas estimulantes. El ejercicio moderado (preferible en las horas de la mañana) y las técnicas de relajación también resultan útiles.

Cuando los síntomas son importantes, hay varios tipos de fármacos. Los agentes dopaminérgicos, usados para tratar la enfermedad de Parkinson, reducen las molestias y se consideran el tratamiento inicial de preferencia. En los casos con síntomas leves o intermitentes, pueden ser útiles las benzodiacepinas, que contribuyen a que los pacientes tengan un sueño más reparador, aunque no inciden de manera directa en los síntomas. Algunos fármacos anticonvulsivos también son útiles, ya que disminuyen las sensaciones desagradables en las piernas.

Por TERESA ROMANILLOS | Consumer.es

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